El mercado ha sido de las Ligas

 Con el cierre de las principales ventanas de transferencia, aunque la inglesa cerrase a principios de agosto, se abre un periodo de reflexión acerca de lo que somos testigos, año tras año, los amantes del fútbol.

Me refiero a ese constante y anualmente reiterado movimiento de fichajes, que al igual que el bueno de Bill Murray y el día de la marmota alimenta un periodo sin fútbol. Un periodo de hibernación en las principales competiciones nacionales e internacionales que culmina con una fiebre de última hora.

Es precisamente en los últimos días de mercado en los que los posibles y presuntos refuerzos crean una suerte de vorágine parecida al final de una emocionante competición, quién sabe si por casualidad.

Así las cosas, durante estos meses de julio y agosto numerosos nombres han sobrevolado las portadas deportivas. Un día nos levantamos escuchando el apasionante fichaje de Hazard, otro la cláusula de Griezmann o el «supuesto» triángulo entre Neymar Jr., Barcelona y Real Madrid e incluso como el título de aquella clásica película mezcla de acción y comedia, el «límite 48 horas» vivido con el jugador Paul Pogba y el cierre inglés.

Sin embargo, un tema ha salido poco a la palestra, quizás por desconocido o impopular. Me refiero al papel de las grandes ligas, en numerosas ocasiones protagonistas de los líos del mercado de transferencias, olvidando por un segundo a los clubes.

Debo decir que las ligas son la clave central de un entramado que se teje en el fútbol moderno porque la Premier League, la Serie A o LaLiga, entre otras, han pasado la mayor parte del mercado al acecho, ansiando promover los fichajes de importantes figuras deportivas para su particular espectáculo audiovisual. Celebrando como si de un gol se tratase el fichaje de Hazard por nuestra liga o el del neerlandés De Ligt por la vecina Italia.

El motivo es más que sencillo. Las transferencias, los jugadores y los encuentros deportivos, que proporcionan jornada tras jornada los clubes, han convertido por suerte o desgracia el fútbol de hoy en un inconmensurable producto audiovisual de estrellas e historias. Un «show» que cada tres años se pone a la venta por miles de millones y que busca seducir a una grada virtual cada año más exquisita y exigente. Una seducción concebida hace más de cien años en el terreno de juego y que, poco a poco, ha ido trasladándose a otras esferas del denominado deporte-espectáculo, configurando un gran negocio en el que el mercado no es más que otra esfera exógena al desempeño intrínseco del fútbol.

Su importancia, dibujada en el tablero de los derechos audiovisuales, es nuclear.,Porque parece que el mercado y los derechos audiovisuales se abrazan en un «círculo virtuoso» de ingresos, en el que las ligas más atractivas son las que consiguen vender un producto más encarecido y, por ende, terminan repartiendo mayores beneficios sobre los clubes que conforman su organización, matizaciones aparte de los diferentes modelos de reparto de derechos audiovisuales y sus especificidades que no vienen al caso.

Es entonces cuando se inicia una competición diferente, ciertamente de naturaleza no deportiva, en la que la lucha por presentar la mejor de las historias posibles ha terminado por convertir a los grandes nombres del mercado en protagonistas.

No podía ser menor esta lucha, en juego se encuentra una enorme rueda de ingresos, en España según los datos sostenidos por LaLiga un impacto equivalente al 1,37 por ciento del PIB, que no deja de acelerar con cada trienio audiovisual.

Porque nadie puede discutir que la atracción del talento, ya sea extranjero o nacional, se ha convertido en la piedra angular de la política deportiva de todos los clubes. Fundamental, en mi opinión, para los conocidos como «grandes de Europa».

Quizás ahora uno pueda convencerse de que también constituye el elixir de toda competición doméstica o al menos la fuente de atracción de altos ingresos audiovisuales.

Si aún tiene dudas, le invito a rebuscar entre las redes sociales de las principales ligas, póngase de ejemplo la Premier o LaLiga, allí podrá llegar a convencerse del papel que desempeñan los jugadores. Ellos se presentan como los protagonistas del espectáculo.

Sin embargo, toda esta concatenación de sucesos puede llegar a distorsionar el verdadero deporte que sigue latiendo detrás del mismo, algunos dirán que es fruto de la inflación económica existente en el mercado o de la influencia del dinero en el fútbol.

Por este motivo es importante plasmar una pequeña reflexión sobre la verdadera esencia de nuestro deporte. El fútbol es deporte-espectáculo, nada que objetar, y es precisamente este orden clave, porque primero es deporte y luego espectáculo. Pero, por si esto fuera poco, el fútbol es mucho más. Siguiendo el interesante camino que trazó el maestro Gabriel Real Ferrer para el deporte rey, en el fútbol profesional las grandes estrellas forman parte vital de las constelaciones reflejadas en la actualidad por las ligas, conformando un inmenso haz de interacciones complejo y universal, un espacio donde el mercado es, bajo mi humilde opinión, una sacudida que sirve para dinamizar este particular universo.

Quizás cada año, con cada trofeo levantado o con cada fracaso consumado, este universo llamado fútbol crezca y, del mismo modo, el mercado se vuelva cada vez más feroz e intenso.

Seguro que esta pugna entre productos audiovisuales billonarios es muy importante, pero sigo creyendo firmemente que el producto se acicala y presenta para seguir permitiendo algo más.

Si aún piensa diferente me gustaría contarle como Aritz Aduriz pudo levantar un estadio entero a sus 38 años, ejecutando de chilena un salvaje gol, creando algo que para muchos veinteañeros habilidosos es y será «imposible» y permitiendo que el paso del tiempo muera en un maravilloso instante.

Porque el fútbol es mucho más, no lo olviden, aunque el mercado ha sido de las ligas.


Carlos Marroquín Romera

Abogado
Máster en Derecho Deportivo


(Publicado en El Independiente el 4 de septiembre de 2019).

 

 

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