La necesidad de un mensaje claro, rotundo e inequívoco

El 27 de mayo de 2015, siete dirigentes de FIFA fueron detenidos en el Hotel Baur Au Lach de Zurich. Ese mismo día, Loretta Lynch, fiscal general de los Estados Unidos, James Comey, director del FBI y Richard Weber, responsable de acciones criminales de la agencia tributaria, explicaban en rueda de prensa la operación: tras décadas de sospechas y una investigación que se había prolongado durante más de 12 años, habían conseguido pruebas de corrupción, evasión fiscal y blanqueo de capitales en el seno de la FIFA. En lugar de promocionar el deporte, los dirigentes de FIFA habían explotado su posición a cambio de efectivo de compañías que buscaban contratos generando un fraude de más 150 millones de dólares.

Las Autoridades norteamericanas explicaron públicamente quienes eran las víctimas de la corrupción en el fútbol: las jóvenes ligas en los países en vías de desarrollo que se benefician de los ingresos generados por los derechos del fútbol y por supuesto, los cientos de millones de seguidores de este deporte. Por eso, las Autoridades norteamericanas pedían a FIFA una supervisión más honesta y manifestaban su deseo de que el caso sirviese para marcar un nuevo comienzo en los órganos que gobiernan el fútbol. Un mensaje claro, rotundo e inequívoco.

Dos días más tarde, Joseph Blatter era elegido nuevamente presidente de la FIFA. Cuatro días después presentaba su dimisión y durante los meses sucesivos, se iniciaron procedimientos judiciales contra dirigentes de distintas federaciones y asociaciones de fútbol en países diferentes. La inhabilitación de Blatter y del mismo Michel Platini, presidente de la UEFA, ponía bajo sospecha a todo el fútbol mundial. Sin embargo, la elección de Gianni Infantino en febrero de 2016 como nuevo presidente de FIFA parecía significar un nuevo comienzo para una organización siempre bajo sospecha. Sin embargo, rápidamente se le asoció con prácticas pasadas y conductas poco éticas.

FIFA puede afirmar que está en el camino correcto para limpiar su imagen, pero el mensaje del Departamento de Justicia de Estados Unidos permanece intacto: los problemas del fútbol van mucho más allá de los procedimientos judiciales abiertos. Los procedimientos judiciales han cambiado los protagonistas, pero se duda si realmente han cambiado los comportamientos enraizados durante décadas.

Y ahora, la llamada Operación Soule por la que se investiga la supuesta comisión de los delitos de administración desleal, apropiación indebida y/o estafa, falsedad documental y corrupción entre particulares en el seno de la Real Federación Española de Futbol (RFEF), acerca esa realidad internacional a la escena doméstica.

Se hace necesario un mensaje claro, rotundo e inequívoco, acompañado de las acciones oportunas que permitan asegurar el buen funcionamiento de una RFEF que después de verse rodeada de múltiples polémicas, pasa a ser objeto de investigación en un procedimiento judicial que no ha hecho más que comenzar. Nada más grave. Y al igual que en el FIFA Gate, los problemas reales van más allá de las consecuencias inmediatas de un procedimiento judicial. Está en juego la credibilidad del deporte y también la credibilidad de los responsables de su administración, gestión y supervisión. Este no puede ser el deporte llamado a mejorar la sociedad.

[Este artículo, remitido por su autor, se ha publicado con anterioridad en La Voz de Galicia].

 

Descarga aquí el Comentario en formato PDF.
Anterior La cobertura de vacante en el supuesto de descenso de un equipo dependiente por descenso del principal (A propósito de la plaza en 2.ª B del RCD Mallorca B)
Siguiente Discriminar debería tener consecuencias