Violencia en el deporte y riesgos permitidos (A propósito del caso Sergio Ramos)

Del Mundial en Rusia están pendientes millones de personas en todo el planeta. Más allá de una amplia gama de países y culturas participantes de los cinco continentes y bajo la atenta mirada hasta conocer quién sea el próximo campeón, hay que advertir también factores relevantes a nivel jurídico, uno de ellos es la violencia.

Es un gran desafío que los futbolistas sean capaces de cumplir con un importante valor deportivo: el fair play o juego limpio, el cual puede verse afectado si se produce por ejemplo un dopaje, un amaño de partido, o la violencia, que, en su modalidad endógena, acontece sobre todo en deportes de contacto como el fútbol. Cabe recordar el cabezazo de Zinedine Zidane a Materazzi en el Mundial de Alemania 2006, o el mordisco del uruguayo Luis Suárez al italiano Chiellini en el de Brasil 2014.

Ha transcurrido poco tiempo desde que el Real Madrid se proclamara campeón de Europa por decimotercera vez y, si no fuera porque estamos a las puertas de un Mundial, aun seguiría coleando aquella acción entre Sergio Ramos, jugador del cuadro madrileño, y el egipcio Mohamed Salah, del Liverpool inglés, de la cual salió lesionado este último. Corría el minuto veinticinco cuando estos dos jugadores, en la disputa por un balón, forcejearon hasta el punto de caer al suelo, llevándose la peor parte el egipcio que, cinco minutos después y tras haberlo intentado, tuvo que retirarse debido a una lesión en el hombro que le impidió seguir jugando. A partir de este momento, las redes sociales y periódicos de todo el mundo encendieron la polémica sobre la conducta del defensa español; si estaba dentro de las reglas del juego o no el forcejeo que dejó lesionado a Salah, reclamándose públicamente una dura sanción por la acción cometida.

El castigo al jugador del Madrid, no se produjo ni se va a producir, pues, bajo los parámetros de la denominada teoría del riesgo permitido, se consideran impunes las lesiones causadas en los deportes de contacto dentro de los terrenos de juego. Esta teoría implica la aceptación por parte del deportista de que su práctica puede llevarle a sufrir lesiones, pero siempre que se produzcan en un contexto puramente deportivo, bajo los ideales del fair play. En España, por ejemplo, las lesiones son sancionadas por nuestro Código penal, en el capítulo III, en los artículos 147 a 156, con previsión de una pena que depende de la gravedad del resultado.

Bajo los parámetros anteriores, existe el debate sobre la intencionalidad o no de Sergio Ramos de lesionar al jugador en el conjunto inglés, aunque objetivamente lo único que se observa es un contacto entre ambos deportistas. Siguiendo entonces la teoría del riesgo permitido, la acción del español es involuntaria porque luchaba por robar el balón dentro de la acción futbolística en la que lamentablemente resultó lesionado uno de ellos al caer al suelo. Son acciones en la que el ímpetu y la propia tensión de la disputa puede conducir a lesiones que, sin embargo, no implican una infracción a las reglas del juego. Estas acciones no comportan dolo ni culpa y por ello son penalmente y disciplinariamente atípicas. Cuando media infracción a las reglas del juego, la conducta merece un reproche disciplinario y, si además ha habido intencionalidad, el comportamiento del jugador puede ser constitutivo de un delito de lesiones.

En el caso de Sergio Ramos, como digo, no se aprecia infracción alguna a las reglas del juego, razón por la cual la lesión de Salah ha de ser considerada un accidente propio de un deporte de contacto como es el fútbol.

Cuando un jugador va a competir, sabe y acepta que la práctica deportiva puede conllevar determinadas lesiones. Claro está que no se consiente la lesión, simplemente se asume el riesgo que comporta la práctica de un deporte en el que es posible el resultado dañoso.

A buen seguro el Mundial de Rusia que comienza en estos días nos ofrecerá situaciones límites en las que no es fácil precisar si hay o no infracción a las reglas de juego y menos aún determinar la posible concurrencia de negligencia o intencionalidad. Esperemos que todo discurra por cauces deportivos y que no se incurra en acciones sustancialmente constitutivas de violencia endógena, contrarias por ello al fair play que debe presidir cualquier actividad deportiva.


Teresa Arroyo Pavón

Fundación San Pablo-Andalucía CEU

 

 

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