Daños causados a una espectadora ubicada detrás de la portería de fútbol. Análisis de la STS de 7 de marzo de 2018

En el Diario La Ley núm. 9.255, de 10 de septiembre, aparece publicado este interesante comentario jurisprudencial, a cargo de la Dra. Blanca Casado Andrés, que reproducimos con la autorización de Editorial Wolters Kluwer.

La autora es especialista en responsabilidad civil en el ámbito del deporte, doctorándose en la Universidad de Salamanca con el trabajo «Daños causados a espectadores y terceros con ocasión de la práctica deportiva», posteriormente publicado bajo el título Responsabilidad civil deportiva: daños a espectadores y terceros (La Ley, Madrid, 2015). En Diario La Ley ha publicado otros artículos relacionados con esta materia, como «Daños en el gimnasio» (núm. 8.717, 2016), «El tenis ¿un deporte de riesgo?» (núm. 9.023, 2017) o «Espectadores y fútbol» (núm. 9131, 2018).

ANTECEDENTES DE HECHO

La actora, una espectadora que sufrió daños a causa del impacto recibido en un ojo por un balón lanzado desde el terreno de juego en el calentamiento previo del partido Real Zaragoza-Atlético de Bilbao, solicita una indemnización de 30.891,18 euros al Real Zaragoza SAD y a la aseguradora, Generali España SA de Seguros y Reaseguros. La espectadora se encontraba ocupando su asiento en la Grada Sur, detrás de una de las porterías. Los daños fueron estimados en 30.891,18 euros.

En primer término, fue el Juzgado de Primera Instancia núm. 19 de Zaragoza el que conoció del procedimiento y dictó sentencia el 20 de febrero de 2015 por la que desestima la demanda interpuesta por la demandante; en consecuencia, absuelve a las demandadas de la pretensión contra ellas deducida en la demanda y condena a la actora al pago de las costas.

La actora recurre en apelación y, en fecha 25 de junio de 2015 (La Ley 102730/2015) la Audiencia Provincial de Zaragoza dicta sentencia desestimando el recurso, confirma íntegramente la sentencia dictada en la instancia y condena a la demandante al pago de las costas causadas en aquella alzada.

La demandante interpone recurso de casación reclamando la indemnización con fundamento en la doctrina del riesgo aplicable al organizador del evento y a la inversión de la carga de la prueba.

 

LA CASACIÓN

El recurso de casación se basa en dos motivos:

Primero: Infracción del artículo 1.902 del Código civil (La Ley 1/1889), por inaplicación del mismo, en relación con el artículo 8 apartado a) (La Ley 11922/2007) y c) de la Ley de Consumidores y Usuarios (La Ley 11922/2007)

Segundo: Vulneración de la teoría del riesgo del organizador de los espectáculos deportivos profesionales lucrativos, en relación con el artículo 217.3.º de la Ley de Enjuiciamiento Civil (La Ley 58/2000).

La Sala de lo Civil del Tribunal Supremo es tajante en cuanto a la inaplicación de la doctrina del riesgo puesto que, a su juicio, no existe título de imputación: quien acude a este tipo de espectáculos conoce y asume ese riesgo. No importa si el siniestro se produjo en la fase de preparación o en durante el partido, ni tampoco si no existían redes colocadas ad hoc con el fin proteger al espectador porque lo verdaderamente relevante es atender a criterios de orden público que prevalecen sobre el de los espectadores.

La sentencia de casación se decanta por aplicar la doctrina de la asunción del riesgo a los espectadores que acuden a un partido de fútbol al considerar que en el caso enjuiciado no se produce causalidad jurídica. Esto es así porque el nexo causal que relaciona las lesiones desaparece desde el momento en que la espectadora asume un riesgo propio del juego o espectáculo que conoce. En definitiva, para el Alto Tribunal en el sistema de culpa extracontractual del artículo 1.902 del Código Civil (La Ley 1/1889) no cabe erigir el riesgo en el factor único de la responsabilidad y es preciso que se dé una conducta adecuada para producir el resultado dañoso.

Los efectos de la doctrina de la asunción del riesgo aplicable incuestionablemente a los daños sufridos entre jugadores son extensibles, según esta sentencia, a los espectadores que acuden a este tipo de eventos. Efectivamente, no existen voces disidentes en considerar que los deportistas deben asumir el riesgo inherente al deporte que practican dentro de los límites ordinarios del juego. Naturalmente, no resulta de aplicación cuando el deportista actúa con negligencia o el organizador incumple las normas de seguridad.

La sentencia afirma que el espectador debe asumir un riesgo que conoce desde el instante en el que ingresa en el estadio deportivo más aún cuando se coloca detrás de las porterías durante el calentamiento previo al partido, donde son más frecuente los lanzamientos del balón a la grada y, por lo tanto, asume de forma voluntaria el potencial riesgo que supone estar ubicado detrás de la meta. Al contrario, considera que la responsabilidad del organizador es limitada y no debe enjuiciarse desde el singular riesgo creado por un lance ordinario del juego, al que es ajeno. Por consiguiente, la organización no debe soportar la responsabilidad por riesgo u objetiva.

 

COMENTARIO CRÍTICO

Hay que reconocer que escasean las sentencias que se decantan por la teoría que postula la no asunción del riesgo por el espectador cuando se trata de partidos de fútbol y esos daños son de poca entidad o relevancia. Al contrario de lo que sucede en aquellos deportes donde el riesgo de sufrir un daño es más alto como podría ocurrir en una prueba de rally. En efecto, existe una amplia corriente doctrinal y jurisprudencial que considera que en los casos en los que el espectador asiste a la contemplación de una actividad deportiva intrínsecamente peligrosa, el organizador de la competición debe responder de los daños causados al público, aunque no hubiera incurrido en culpa, o cuanto menos, apuestan por la protección de los espectadores mediante la ponderación de culpas del causante del daño y de la víctima, otorgando mayor porcentaje respecto al que crea y se beneficia del riesgo.

Los problemas surgen en relación a los aficionados que acuden a estadios deportivos como los de fútbol puesto que la mayoría de las resoluciones judiciales se inclinan por no otorgar protección al espectador al considerar que la posibilidad de sufrir un daño a consecuencia de un lance del balón es un riesgo usual, ordinario y de escasa importancia. No obstante, la sentencia que nos ocupa no se pronuncia sobre la entidad del daño que no debió ser poca a la vista de que la cuantía de la indemnización superaba los treinta mil euros.

Tampoco indaga en el tema de la voluntariedad, nota fundamental para que la teoría de la asunción del riesgo sea aplicable. Ciertamente, quien acude a ver un partido de fútbol como espectador lo hace voluntariamente, pero es más que cuestionable que acuda con la voluntad de sufrir un daño. Es evidente que conoce los riesgos y sabe que puede sufrir un balonazo, pero la posibilidad de sufrirlo no es tan usual o habitual. Además, de todos es sabido que las entradas que se encuentran ubicadas detrás de las porterías o en las primeras filas son más caras que aquellas que se encuentran a metros del campo de juego, por tanto, ese encarecimiento de las entradas redunda en un aprovechamiento económico para quien organiza el evento deportivo que se beneficia de forma considerable. Obviamente, si la organización de este tipo de actividades deportivas se decantase por proteger al público en lugar de pensar en incrementar sus ingresos tendría muchas opciones que de ningún modo contempla, desde la instalación de redes transparentes detrás de las porterías hasta incluso la instalación de gradas a cierta distancia de las porterías, pero este tipo de medidas no interesa. Tampoco se tiene en cuenta que entre espectador y organizador media un contrato. El aficionado paga una entrada para ver un espectáculo en condiciones óptimas de seguridad que son exigibles por el principio de la buena fe que debe presidir toda relación contractual.

En definitiva, en mi opinión, la doctrina de la asunción del riesgo al espectador, que ni tan siquiera participa activamente del juego, supone un retroceso y se aleja de la función resarcitoria propia de la responsabilidad civil que debe estar presidida por el principio pro damnato. Por lo tanto, no es tan descabellado aplicar la teoría de la responsabilidad por riesgo a quien lo crea y se beneficia del mismo, en este caso, a la organización del evento deportivo, que sin duda debe soportar el incomodum asumiendo los riesgos que cause a terceros. Por supuesto, esta hipótesis no pretende ni debe ser absoluta sino que necesariamente debe ser matizada teniendo en cuenta el supuesto de hecho concreto: la entidad del daño provocado, la concurrencia de causas exoneratorias de la responsabilidad, si el espectador se coloca en un lugar inadecuado o prohibido por la organización o no cumple con las normas exigidas para entrar en el estadio, son circunstancias que conllevan inexorablemente a la exención o, al menos, a la atenuación de la responsabilidad del organizador.

La sentencia de casación habla de la primacía de potenciales criterios de orden público sobre los del espectador para excusar la falta de colocación de redes, pero no tiene en cuenta la prevalencia de la función resarcitoria en un suceso en el que, sin entrar a valorar las consecuencias de las lesiones producidas en el ojo de la espectadora, la importante cuantía indemnizatoria que solicita y el intachable comportamiento de la misma que tan solo estaba observando el entrenamiento, opta por fallar a favor de la organización que previamente se ha lucrado con el alto precio de las entradas que dan acceso a las primeras filas.

Blanca Casado Andrés

 

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