Deportistas en el exilio: cuando también se compite por la libertad

El deporte es un fiel reflejo de las relaciones humanas y hacia él convergen una variada gama de conflictos sociales, religiosos, étnicos y políticos. En una mirada retrospectiva cabe preguntarse: ¿qué tuvieron en común el boxeador Mantequilla Nápoles y el ajedrecista Viktor Korchnoi? Ambos sufrieron la desazón del exilio tras un intento extremo para superar las penurias de sus orígenes.

La Convención Americana sobre Derechos Humanos (Pacto de San José de Costa Rica, 1969) marcó un hito a nivel continental mediante una abierta declaración a favor del «respeto de los derechos esenciales del hombre». Los Estados signatarios reafirmaron el compromiso de velar por la libertad personal y la justicia social, sin discriminaciones por motivos de raza, color, sexo, idioma, religión, opiniones políticas o de cualquier otra clase, condición social o posición económica.

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Sin embargo, en el texto de esta Convención no figuran las palabras «exilio», «desertor», «deporte», «deportista», «destierro». Como suele ocurrir a menudo, las omisiones causan un mayor perjuicio que las acciones.

En medio de climas enrarecidos por sistemas autoritarios, la dolorosa opción de exiliarse provoca un fuerte impacto al desarrollo de la carrera de un deportista. Un antes y un después. Los éxitos deportivos no alcanzan siquiera a disimular el perdurable estigma del desarraigo.

El caso de los atletas cubanos

La diáspora por goteo de los deportistas cubanos no se detiene desde los albores de la Revolución de 1959, encabezada por Fidel Castro. Entre los primeros en emigrar estuvieron los boxeadores Benny Paret, a los Estados Unidos; José Ángel Mantequilla Nápoles a México, y José Legrá, a España.

Pese a que la Constitución de la República de Cuba (2019) garantiza como «Poder del pueblo, en servicio del propio pueblo, que no haya persona que no tenga acceso al estudio, la cultura y el deporte», la realidad es muy distinta.

José Mantequilla Nápoles resiste la potencia de Carlos Monzón. El cubano se exilió en México y fue campeón mundial de peso welter.

A lo largo del tiempo, una legión de jugadores de béisbol huyeron buscando un destino más confortable aún a riesgo de sus vidas. Entre ellos, Orlando Hernández, consagrado como un héroe nacional (medalla de oro) tras la final contra EE.UU. en los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992. Cinco años más tarde este pitcher, apodado el Duque, debió huir al ser acusado de ayudar a su medio hermano Liván Hernández, cuando éste se escapó de la concentración del seleccionado en Monterrey (México). En 1997, Liván logró su primer título profesional y fue declarado el más valioso jugador (MVP como lanzador) en las Series Mundiales con los Florida Marlins.

En tanto, el Duque fue suspendido de por vida y marginado del seleccionado para los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996. Apenas pudo conseguir un empleo como «reeducador» en un centro psiquiátrico con un salario de diez dólares al mes.

Finalmente, en la Nochebuena de 1997, el Duque optó por fugarse junto a otros seis compatriotas en un bote de goma, dejando a su mujer y dos pequeñas hijas en la isla. Tras navegar en mar abierto fueron rescatados por un guardacostas de la marina norteamericana en las cercanías de Bahamas.

Un año después, el Duque fichó para los Yankees de Nueva York, conquistó las Series Mundiales y fue la estrella del legendario equipo. El obispo de Nueva York, en ocasión de la visita del Papa Juan Pablo II a Cuba, le pidió personalmente a Fidel Castro que su familia pudiera viajar para ver la Serie Final, logrando tal objetivo.

Su primer contrato en las Grandes Ligas fue por cuatro temporadas a cambio de U$D 6,6 millones.

«Cuando nosotros estamos en Cuba somos personas de diez pesos, pero cuando tú sales de Cuba, ya quince ya es bastante. Y cuando piensas en millones, quieres salir y tratar de jugar el béisbol. Estuve por ocho años viajando con el equipo nacional y aprendimos muchas cosas, aprendimos que había algo más fuera de Cuba que nos llamaba, pero a veces nos da un poco de miedo tener dejar a la familia», comentó Orlando el Duque Hernández en una entrevista con la agencia AP en 2014.

Las hazañas deportivas de Liván y Orlando Hernández inspiraron al realizador puertorriqueño Mario Díaz para mostrar el lado más dramático de sus vidas. El documental Brothers in Exile (Serie 30 in 30), fue estrenado el 1.°de noviembre de 2014 en Miami, con el auspicio de la cadena ESPN.

El drama de los hermanos Hernández también tuvo su serie donde se relatan sus peripecias hasta triunfar en los Estados Unidos.

«Esta es la historia de nosotros, pero no sólo de Liván y el Duque, sino de todos los seres humanos que tenemos el derecho de ser libres», apuntó emocionado Orlando (cuatro veces ganador de las Series Mundiales), la noche del estreno en el teatro Tower de la calle 8 de la Pequeña Habana.

En 1993, durante los Juegos Centroamericanos de Ponce, Puerto Rico, cuarenta y dos miembros de la delegación cubana desertaron, en su mayoría boxeadores y beisbolistas.

En enero de 2020, dos pesistas de larga y exitosa trayectoria se sumaron a la lista, Addriel La O y Luis Manuel Lauret, abandonaron la delegación cubana en la Copa del Mundo en Roma.

La prensa oficial cubana –tal como es habitual– omitió toda referencia a los «desertores». Sólo el sitio web del Instituto Nacional de Deportes, Educación Física y Recreación (INDER), informó que La O y Lauret habían incurrido en «falta grave de abandonar la delegación».

Fidel Castro solía fustigar duramente a los desertores: «No permitamos jamás que los traidores visiten después el país para exhibir los lujos obtenidos con la infamia».

La legislación migratoria aún conserva la restricción del «exilio forzado» o prohibición de reingreso al territorio («espera») de ocho años, aplicable a quienes hubiesen emigrado de modo ilegal, incluyendo a los deportistas de alto rendimiento.

La «prohibición de los 8 años» es calificada como una «ley fantasma» en violación de elementales derechos humanos. A igual que otras normas relevantes, su texto íntegro no aparece publicado en sitios oficiales del Gobierno cubano, incluso la reciente Constitución de la República de Cuba. Grupos anticastristas denuncian que desde hace cuarenta años la cúpula de Gobierno legisla sólo a través de decretos-leyes, sin darle participación al Parlamento (Asamblea Nacional del Poder Popular).

Una postal de La Habana actual suele mostrarnos una imagen desteñida de mediados del siglo pasado, donde el silencio, la parsimonia y resignación de los transeúntes sólo se altera al arribo de los contingentes de turistas.

Los residentes están aferrados a la cartilla o libreta de abastecimiento, creada en 1962. Se les provee una ración mensual de porotos guisantes y sal, más una cuota subsidiada de arroz, café, huevos, aceite, pollo o pescado, dentífrico y jabón para sólo quince días. Es una forma de paliar la hambruna de los que no tienen voz ni voto.

La judoca amenazada tras criticar al Gobierno de Nicaragua

Sayra Laguna, considerada la mejor judoca de Centroamérica, clasificada número 1 en sambo femenino y «Atleta Amateur del Año (2017) de Nicaragua», vivió tres años de pesadillas tras haber desafiado al Gobierno de Daniel Ortega.

El «hecho delictuoso» que se le imputó tuvo lugar en el Campeonato Panamericano de Sambo Acapulco 2018, cuando tras ganar una medalla exhibió un cartel manuscrito con la leyenda: «De lo más profundo de mi corazón le dedico esta medalla a mi Jesús y a todas las personas que han muerto en mi país».

Sayra Laguna, la mejor judoca de Centroamérica, criticó al Gobierno de Daniel Ortega y fue perseguida.

Desde el estallido popular de abril de 2018 contra el presidente Ortega, (quien en 2022 habría de cumplir quince años ininterrumpidos desde su regreso al poder en 2007), Nicaragua vive una severa crisis social y política, con muertos, presos, heridos o desaparecidos y exiliados difíciles de cuantificar.

«Me puse del lado del pueblo, donde miraba todas las injusticias de parte de la Policía, del Ejército, los paramilitares, y un sinnúmero de fanáticos (sandinistas) que hacen daño», declaró Laguna en una entrevista con la agencia de noticias Efe.

Por negarse a compartir escenario con autoridades deportivas del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) recibió amenazas de muerte y presiones de toda clase. En diciembre de 2019 renunció al cargo de administradora del Instituto Nicaragüense de Deportes luego de criticar una condecoración del Comité Olímpico de su país al subdirector de la Policía Nacional, Ramón Avellán, sindicado por EE.UU. como responsable de más de cien muertes durante las marchas de protesta contra el sandinismo.

Tras la pandemia quedó varada en EE.UU. y emprendió un viaje de cinco días atravesando México en un automóvil de alquiler, bajo el temor de ser atacada por grupos narcos. Llegó a Guatemala y allí se encontró con cuarenta y tres compatriotas varados a quienes el Gobierno nicaragüense les negó el ingreso por once días.

Vivió meses en la intemperie, con condiciones muy precarias y de destrato para una mujer en la zona fronteriza entre Guatemala y Honduras. Recién el 19 de julio pasado logró ingresar a Nicaragua y visitar a su padre contagiado de Covid-19, pero sintió mucha tristeza por la muerte de una de sus abuelas en su ausencia. Pese a tantas dificultades, Laguna aspira a participar de los XII Juegos Deportivos Centroamericanos Santa Tecla 2021, aunque lo haría como atleta refugiada, sin lucir la bandera nicaragüense.

El ajedrecista Viktor Korchnoi disputó el título mundial como exiliado

Un caso emblemático del siglo pasado fue el de Viktor Korchnoi, quien en 1976 aprovechó un torneo en la ciudad de Ámsterdam para pedir «asilo político» de la ex URSS. Así se convirtió en el primer «gran maestro» disidente del régimen comunista.

Los grandes resultados obtenidos durante el exilio, llevaron a Korchnoi a enfrentarse dos veces por la corona mundial contra su compatriota Anatoly Karpov, en 1978 y 1981, en tensas y prolongadas partidas con suerte adversa.

Por entonces, Korchnoi se hizo partícipe involuntario de la llamada «Guerra Fría» al denunciar la presencia de agentes del servicio secreto conocido como KGB en el entorno de Karpov (afiliado al Partido Comunista).

La nutrida delegación soviética le exigía al flamante desertor que mostrara una bandera blanca con la leyenda «apátrida». En contrapunto, Korchnoi ofreció colocar la frase «Yo me escapé». Finalmente, se jugó la partida sin bandera alguna, mientras su esposa e hijo permanecían en territorio de la entonces Unión Soviética.

Años después, Korchnoi (fallecido en 2016) alcanzó a describir las maniobras a favor de su rival (hoy recreadas en la serie Gambito de Dama): «El equipo de Karpov incluía ajedrecistas, un médico, un preparador físico, un químico, un experto en telecomunicaciones y una serie de tipos cuya función nunca fue explicada. Baturinski (un coronel señalado como partícipe de las purgas de Stalin), exigió que mi silla fuera examinada por rayos X por si contenía algún micrófono. En Merano (ciudad italiana donde se celebró el segundo duelo por el título mundial), la delegación soviética tuvo muchos problemas en la aduana para pasar cuatro contenedores que se descargaron en una sala de acceso muy restringido; ni siquiera la esposa de Karpov podía entrar. Nada más terminar la última partida, se cargó todo ello rápidamente en un camión. Luego supe que parte del material eran computadoras, cuyo uso era rarísimo en esa época».

Los efectos no deseables del exilio

El exilio acarrea traumas psicológicos, incertidumbre y angustia. Algunos analistas sostienen que se trata de un estado ánimo latente, casi invisible que afecta la personalidad de quien sufre el destierro.

Para los deportistas la ocasión de escaparse en medio de una competencia internacional es un pasaporte rápido hacia la libertad, pagando el precio de la lejanía de sus seres queridos. Muchos desistieron del intento y otros nunca llegaron al mejor destino ni tampoco a ser campeones.

Algunos relacionan al exilio a Jano, dios bifronte de la mitología romana, dotado de dos rostros opuestos que miran en dos direcciones simultáneamente: uno hacia el pasado y el otro al futuro. Uno representa la pérdida, la nostalgia y el duelo. El otro se enfrenta y abre las puertas a lo desconocido, que a veces resulta peligroso y hostil, pero es allí donde anida la esperanza de lograr una cuota de satisfacción.

En un reportaje publicado por la revista Life, Julio Cortázar dio respuesta a la etiqueta de «exiliado voluntario» que colgaba sobre ciertos escritores latinoamericanos a mediados del siglo pasado: «Los exiliados no somos ni mártires, ni prófugos ni traidores, y que esta frase la terminen y refrenden nuestros lectores, ¡qué demonios!».

En cambio, para el genial Shakespeare «exilio es el otro nombre de la muerte».

(Publicado en Infobae el 25 de diciembre de 2020)

Daniel Roberto Viola
Abogado
Viola & Appiolaza Abogados

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